Tierra de arrozales y bruma sagrada,
donde el río Mekong canta al despertar,
el sol dibuja en la selva dorada
el verde latir de un dragón de mar.
En el rojo latido de Hanói se esconde
la lucha perenne, el valor sin igual,
mientras en la orilla la bahia responde
con ecos de piedra de mil sombras de cal.
Una mujer de cónica y dulce mirada
siembra la orilla del tiempo y la paz,
con la libertad por la senda trazada
y el alma tallada en bambú y en azahar.